No llevo la cuenta de los días. Pero sé que son muchos. El cielo va cambiando, grandes lagos azules con montañas de nubes blancas, hoy sol, otro día un resplandor gris y uniforme. Lo veo a través de las copas de los árboles o desde las espesuras y frondas de los barrancos en las laderas del monte. Es fácil, desde la puerta de casa, apenas cien metros cuesta arriba y desaparezco en la montaña…los vecinos chivatos (prefiero esa denominación a la de colaboradores o ciudadanos ejemplares) pueden pensar que voy a tirar la basura al contenedor, uno de los supuestos para el que se permite salir un momento de casa, o que voy al parking público que está al pie del monte para llevar el coche hasta el supermercado (otro supuesto permitido en este confinamiento que no tiene visos de acabar). Suelo pasar bajo las vías del tren por un pequeño túnel de piedra que me recuerda una cloaca de los antiguos romanos y después desaparecer muy rápido, apenas jadeando, con el corazón lati...