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Prisioneros


No llevo la cuenta de los días. Pero sé que son muchos.
El cielo va cambiando, grandes lagos azules con montañas de nubes blancas, hoy sol, otro día un resplandor gris y uniforme. Lo veo a través de las copas de los árboles o desde las espesuras y frondas de los barrancos en las laderas del monte.





Es fácil, desde la puerta de casa, apenas cien metros cuesta arriba y desaparezco en la montaña…los vecinos chivatos (prefiero esa denominación a la de colaboradores o ciudadanos ejemplares) pueden pensar que voy a tirar la basura al contenedor, uno de los supuestos para el que se permite salir un momento de casa, o que voy al parking público que está al pie del monte para llevar el coche hasta el supermercado (otro supuesto permitido en este confinamiento que no tiene visos de acabar).
Suelo pasar bajo las vías del tren por un pequeño túnel de piedra que me recuerda una cloaca de los antiguos romanos y después desaparecer muy rápido, apenas jadeando, con el corazón latiendo incontenible y respirando hondo, monte arriba, perderme en los infinitos senderos que me conducen a la cumbre desde donde observar las carreteras casi vacías, las ciudades y pueblos extendiéndose por el valle oriental hasta la costa.
Eso, mientras asciendo y mas tarde, ya solo quedan el bosque y los pájaros, algún jabalí, flores e insectos, plantas y animales. Ni un solo ser humano, aunque creo haber oído los susurros de algún cazador furtivo, pero puede tratarse de mi imaginación.


Camino durante horas, me detengo poco tiempo, a veces algo más si descubro un buen lecho de hierbas que no tenga demasiadas espinas, hago alguna foto y sobre todo escucho los murmullos que me rodean, el agua de algún regato, ruiseñores, mirlos, pájaros carpinteros, arrendajos, cuervos…cada uno tiene su forma de llamar, avisar o lo que quiera que hagan, en todo caso no es asunto nuestro aunque nos empeñamos en dejarnos trasportar por esos trinos y la dulzura extrema de la brisa mezclada de olores a tomillo, romero y menta, hasta lugares inventados o recuerdos de otros momentos, del pasado que no existe o del mismísimo futuro que todavía, existe menos.
Si comento estas caminatas a los amigos, me dirán, me dicen, que tenga cuidado, que detienen a los infractores del confinamiento, que ponen multas…alguno incluso me afea la conducta tachándome de insolidario. Solidaridad, es la palabra que se ha extendido en esta época sombría, una palabra que me tiembla un instante en la conciencia es como la vibración de una hoja mecida por una corriente repentina e invisible de aire ascendente, una sensación casi física como el gozo que experimento al estar solo y salvaje subiendo por un torrente y rodeado de árboles protectores. Son sensaciones extremas que nada tiene que ver con la ética, o quizás sí, pero no es una ética del todo comprensible.
A nadie parece disgustarle del todo estar atrapado en sus domicilios, o al menos no lo demuestran aunque debo suponer que será un infierno para aquellos cuyo domicilio sea más parecido al agujero de una prisión, habitantes de casas colmena con habitaciones interiores que den a patios de luces o sótanos insalubres, a los que soporten la compañía de maltratadores o de gente y familia que no amen y en la que solo estaban de manera circunstancial en breves momentos fuera de sus trabajos o actividades de ocio, bares con la pandilla de colegas o viajes laborales que les mantenían felizmente apartados de su carga hogareña, cuando estaban abiertos los bares y los gimnasios, cuando se podía circular en trenes o autobuses sin necesidad de un pase especial.
Eso dicen en la televisión, en los diarios, en la radio, eso comentan continuamente, haciendo llamadas a no perder la esperanza, a seguir siendo valientes y solidarios, ofreciendo teléfonos de ayuda, incluso claves de alarma para pedir auxilio en caso de no poder soportar mas la situación. Llamadas que se combinan con el halago y alabanza del civismo ejemplar, por supuesto, siempre con la recomendación de delatar si es necesario, al infractor, al insolidario, al que desprecia el heroísmo de los ciudadanos normales, al que no comulga con el sacrificio desinteresado y el bien común.
Cuando reposo la mirada en la ladera verde que desciende hasta el valle, en ese mar de copas arbóreas, sentado en alguna roca de los caminos cercanos a la cumbre, arrullado por la conversación de los pájaros y de los insectos, todo ese ruido de los humanos me parece una cháchara indescifrable, un malentendido, una pesadilla que, sin embargo, había previsto hace tiempo. Porque hace tiempo ya nos estaban contando esas historias distópicas (odioso neologismo), de epidemias y catástrofes, en películas de ficción, en documentales algo mas realistas, en avisos para navegantes o futuros náufragos. Hace tiempo que nuestros hijos (aunque quizás solo hable por los míos y los otros sean diferentes, no sé si atreverme a generalizar) vivían felizmente confinados y con escaso interés por la naturaleza, sentados o tumbados frente a las innumerables pantallas de sus diferentes dispositivos de ficción. Cada vez mas alejados de la realidad “real” valga la redundancia porque para ellos la realidad “virtual” es mucha mas realidad, sus juegos mas placenteros, su mundo mas cromático y factible, pues todos ellos pueden convertirse en héroes sin periodos oscuros, sin esfuerzos titánicos, sin ese aburrimiento del tiempo lento que no acaba nunca fuera de las pantallas y al que resulta mucho mas difícil manejar.
Y en parte, supongo, les resulta mucho mas cómodo estar en casa, sin tener que justificarse por no encontrar trabajo o por no ir a la escuela, ese lugar donde les obligan a aprender materias que no les interesan, que odian porque piensan que no les sirven absolutamente para nada, al menos durante el encierro todos tienen la justificación a su “improductividad”, mientras el estado se encargue de repartir limosnas para atender sus necesidades inmediatas, las necesidades de consumidores necesarios para que siga girando la rueda de los productores. Esclavos unos y otros, esclavos de un sistema que no debe cambiar en lo esencial, de una economía que debe seguir siendo para la inmensa mayoría, de pura subsistencia y así mantener la enfermedad de los poderosos y de sus placeres refinados (o vulgares pero inabarcables con vocación de ilimitados).
Pero eso lo pienso ahora, cuando he vuelto, cuando yo mismo deseaba ponerme a escribir en el ordenador y explicar algo mas coherente, pero sobre todo más útil.
No pretendía hacer una confesión de mi traición al pueblo confinado (y confiado)
Tampoco pretendía traicionar.
Ni hacer discursos sobre las clases sociales. No ahora que todavía tengo las manos impregnadas de cantueso, romero y tomillo, de las plantas por supuesto, nada de aromatizantes artificiales y que, segunda traición a confesar, no he lavado conforme a las reglas una vez he llegado al “hogar”, he querido que el olor de la montaña siguiese un poco mas en la piel, juro que tampoco he tocado ninguna superficie de las definidas como peligrosas por su supuesto contenido en virus.
Directamente del monte a la prisión familiar.
Es tiempo de cerrar la ensoñación.
De lavarme las manos, nunca mejor dicho.
De explicar que mis pobres conocimientos de lo que sucede no me permiten juzgar a nuestros carceleros, que quizás nos confinan por nuestro propio bien y el de los demás (bien, eso seguro, aunque se trate de un “bien” diferente según de que “demás” se trate).
Aplauden en el exterior, como todos los días a las ocho de la tarde, creo que a los trabajadores sanitarios que luchan contra esta epidemia, hay que decir que luchan contra esta y contra todas las demás enfermedades físicas, mentales o ambas (difícil separar una de otra, mucho mas difícil que separar el significante del significado). Aunque últimamente aplauden con menos entusiasmo o eso me parece, hay días supongo. Después vendrán los cánticos por los altavoces, las sirenas de la policía y de la ambulancia que se suman al homenaje de esos sanitarios, aunque también eso es variable, no siempre lo hacen, creo que obedece a momentos en que algún sanitario o policía ha caído víctima del virus.
Se hace de noche.
Vuelve la calma y espero que los sueños de hoy no sean pesadillas. Despertarme un día mas para trepar a los lugares donde paso mi especial cuarentena que no diría que es del todo “insolidaria” por mucho que pueda parecerlo.


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