INTRODUCCIÓN (aun sin saber a qué)
Siempre posponiendo el momento de escribir sobre mi vida.
No sé si quiero hacerlo ni si quiero escribir sobre las vidas de otros. Además, teniendo en cuenta el porcentaje de lectores que debe haber en el mundo, insignificante en estos tiempos audiovisuales y si añadimos las turbulencias de hoy, aunque no muy diferentes a las de otros tiempos, pues los que ya vamos entrando en la edad del final, siempre tendemos a pensar que el fin del mundo está próximo aunque solo sea nuestro propio fin y ahí seguro que apenas nos equivocamos, pues si nosotros terminamos el mundo termina para nosotros.
No deberíamos engañarnos ni permitir que otros lo hagan: es cierto lo del cambio climático y sus posibles (seguras) consecuencias catastróficas, lo es, también la aceleración posiblemente desmedida de la tecnología y digo desmedida porque nuestras mentes y posiblemente nuestros cuerpos no están preparados para cambiar tan deprisa (aunque los niños de un año ya quieren teclear en los teléfonos móviles a su alcance). No menos cierto es la mutación rápida del homo "sapiens" en homo "consumidor" o la duración desmedida de un sistema social como el capitalista que nunca termina de ser destruido y siempre parece renacer de sus cenizas (que son las nuestras), un sistema que puede acabar con nuestra especie o hacer muy difícil su supervivencia.
En fin, no es un panorama halagüeño.
Pero como me contestó Carmen hace unos días (amiga del alma y admirable mujer con la que compartí unos cuantos años de vida, estuvimos incluso casados), a una de las preguntas que le hice: ¿para qué escribir?: _ pues para mejorar el humor_ me dijo y me gustó la respuesta.
No sé si mejorará y menos con la tarea no siempre gozosa de escribir pues a veces es sacar trozos de metralla mental rompiendo tejidos, un parto simbólico de monstruos variados. En cualquier caso ¿porqué no intentarlo? y ya puestos, ¿por donde comenzar?. Se me ocurre hacerlo con un par de cuentos que escribí en Karatu, donde viví un par de años trabajando como cooperante médico y pensando que no deseaba volver a Europa jamás (y lo sigo pensando y estoy arrepentido de haber vuelto después de veinte años en Africa). Era un pueblecito en las laderas de un crater africano antiguo, el Ngorongoro, muy cerca de varios parques nacionales, en el norte de Tanzania, una época de mi vida en la que regresé a Africa después de haber intentado durante unos meses aclimatarme de nuevo a Europa, descansando, tras otro trabajo de cooperante en Angola, donde me tocó vivir en un frente de guerra, un lugar maravilloso y remoto, a pesar de ese conflicto civil sangriento que ya daba sus últimos pero no menos angustiosos coletazos.
Es como empezar de un modo neutral, quizás temeroso todavía de hablar con mas claridad de mis experiencias personales.
Siempre posponiendo el momento de escribir sobre mi vida.
No sé si quiero hacerlo ni si quiero escribir sobre las vidas de otros. Además, teniendo en cuenta el porcentaje de lectores que debe haber en el mundo, insignificante en estos tiempos audiovisuales y si añadimos las turbulencias de hoy, aunque no muy diferentes a las de otros tiempos, pues los que ya vamos entrando en la edad del final, siempre tendemos a pensar que el fin del mundo está próximo aunque solo sea nuestro propio fin y ahí seguro que apenas nos equivocamos, pues si nosotros terminamos el mundo termina para nosotros.
No deberíamos engañarnos ni permitir que otros lo hagan: es cierto lo del cambio climático y sus posibles (seguras) consecuencias catastróficas, lo es, también la aceleración posiblemente desmedida de la tecnología y digo desmedida porque nuestras mentes y posiblemente nuestros cuerpos no están preparados para cambiar tan deprisa (aunque los niños de un año ya quieren teclear en los teléfonos móviles a su alcance). No menos cierto es la mutación rápida del homo "sapiens" en homo "consumidor" o la duración desmedida de un sistema social como el capitalista que nunca termina de ser destruido y siempre parece renacer de sus cenizas (que son las nuestras), un sistema que puede acabar con nuestra especie o hacer muy difícil su supervivencia.
En fin, no es un panorama halagüeño.
Pero como me contestó Carmen hace unos días (amiga del alma y admirable mujer con la que compartí unos cuantos años de vida, estuvimos incluso casados), a una de las preguntas que le hice: ¿para qué escribir?: _ pues para mejorar el humor_ me dijo y me gustó la respuesta.
No sé si mejorará y menos con la tarea no siempre gozosa de escribir pues a veces es sacar trozos de metralla mental rompiendo tejidos, un parto simbólico de monstruos variados. En cualquier caso ¿porqué no intentarlo? y ya puestos, ¿por donde comenzar?. Se me ocurre hacerlo con un par de cuentos que escribí en Karatu, donde viví un par de años trabajando como cooperante médico y pensando que no deseaba volver a Europa jamás (y lo sigo pensando y estoy arrepentido de haber vuelto después de veinte años en Africa). Era un pueblecito en las laderas de un crater africano antiguo, el Ngorongoro, muy cerca de varios parques nacionales, en el norte de Tanzania, una época de mi vida en la que regresé a Africa después de haber intentado durante unos meses aclimatarme de nuevo a Europa, descansando, tras otro trabajo de cooperante en Angola, donde me tocó vivir en un frente de guerra, un lugar maravilloso y remoto, a pesar de ese conflicto civil sangriento que ya daba sus últimos pero no menos angustiosos coletazos.
Es como empezar de un modo neutral, quizás temeroso todavía de hablar con mas claridad de mis experiencias personales.
HIPÓTESIS
Si las hormigas hablasen, una le diría a la otra : - parece un muerto, voy a ver…-.
La otra le contestaría : - ..¿y si está dormido y no muerto?.
¿Le contestaría con una pregunta?, seria libre de hacerlo. Hay gente que siempre contesta con otra pregunta.
Las dos hormigas, parecerían letras despegadas de un cuaderno, ocasionalmente explorando el cuerpo tendido, metiéndose por orejas y narices. Pero el cuerpo seguiría rígido. Así que las hormigas concluirían que se trataba de un muerto y llamarían al resto de la comunidad.
En unos minutos se habría formado el reguero de hormigas desde el hormiguero mas próximo hasta el supuesto cadáver, y ya no serían dos letras sino una línea, todo un argumento, toda una novela invadiendo orificios y ensanchando angosturas.
Si el muerto, realmente lo estaba, quiero decir a perpetuidad y si además lo estaba en un terreno apropiado, en verano y en nuestros trópicos, era razonable que muy pronto se unieran a las hormigas otros enterradores y basureros, gusanos y escarabajos, larvas de todo tipo y así en unos cuantos días del cuerpo no quedarían mas que los huesos mondos y lirondos...eso es lo que pasaría exactamente...
¿Te ha gustado la historia?, parece que arrugas la frente y me miras con cara de asco.
Pero las hormigas no hablan...
Por eso he dicho al principio aunque nunca me escuchas del todo, que "si hablasen".
Además seguro que hablan, a su manera, a la manera silenciosa de las hormigas, moviendo sus antenitas
Con la cola se espantó las moscas y siguió masticando la hierba tierna de esa primavera. Su madre le miraba con esos ojos grandes y mansos, le rascó el costado con uno de sus cuernos.
La luz de la mañana era lo mas bello que había visto nunca, aparte de su madre claro está. El aire estaba limpio y los leones muy lejos. El ternero se quedó pensativo observando el cadáver del hombre tendido en la hierba y pensando que su madre a veces contaba historias muy extrañas, ¿quién en este mundo podría imaginar que las hormigas hablan. Después siguió masticando muy despacio los brotes mas tiernos y jugosos de la sabana y no quiso pensar en nada mas. El mundo era un lugar cálido y amable esa mañana.
MARIPOSAS
Solo entendiste que las mariposas estaban escuchando en el otro lado, o que las mariposas escuchaban en otro lado, estás seguro de haber entendido lo del otro lado y no, en otro lado, no puedes estar del todo seguro de si utilizó el verbo compuesto, estaban escuchando o el simple, escuchaban.
La traducción podía ser engañosa aunque el idioma del moribundo era perfectamente legible, al menos para ti, que al igual que las mariposas de las que te hablaba, estabas escuchando e incluso escuchabas del otro lado, del lado de los vivos con ciertas perspectivas saludables de continuar manteniendo ese estado durante el mayor tiempo posible y eso a pesar de los peligros ordinarios que acechan a un ser vivo, peligros de los que nadie está a salvo, desde enfermedades comunes hasta accidentes repentinos, todos ellos, acontecimientos que en un abrir y cerrar de ojos te sitúan mas del lado de los muertos que de los vivos, ya sea transitoria o permanentemente y con esto no quiero decir que vayas a resucitar una vez muerto, (como una vez leí en un panfleto revolucionario y retórico, “definitiva, total y cabalmente”muerto). Mas bien quiero decir que hay estados intermedios, el enfermo de gravedad que agoniza, por ejemplo o el comatoso o el que a ciencia cierta está a punto de morir, como el condenado a la silla eléctrica o el que espera la descarga del pelotón de ejecución, todas ellas situaciones que colocan al protagonista en un estado de embotamiento, alucinación o hipersensibilidad, dependiendo de los casos y el humor de cada cual.
¿Porqué pronunciaría esa frase un anciano moribundo?, un africano "masai" de mejillas chupadas, con pocas arrugas aunque eso no sea sorprendente en los ancianos africanos, casi un esqueleto recubierto de un pellejo oscuro, casi azul de tan negro. Tu habías visto morir mucha gente y normalmente en esta parte del mundo lo hacían en silencio, como mucho gemían o intentaban respirar hasta que se producía el desenlace fatal, muy pocos pronunciaban frases o intentaban comunicarse, por eso la familia te llamó, porque se trataba de un hecho insólito, porque querían que fueses testigo de algo excepcional, parece ser que el anciano hacía mas de una hora que estaba pronunciando esa frase, cada cierto tiempo, dejando pausas en que como todos intentaba respirar o se sentía demasiado cansado para hablar.
Una mujer de edad mediana te estaba mirando expectante, con esos ojos intensos de las mujeres campesinas de la sabana, no sabes si era una de las mujeres del moribundo o su hija, el resto de la comunidad, niños de edades y sexos diferentes, algún hombre adulto y otras mujeres jóvenes permanecían fuera de la choza, hablaban en corrillos o salmodiaban unas letanías sentados en un círculo bajo la acacia que se erigía en el centro del recinto pelado y rodeado de dos o tres chozas de madera, barro y techo de hierba.
Afuera el calor del mediodía y la luz, convertían el conjunto de la escena en algo irreal, un espejismo, ni siquiera ladraban los perros o se escuchaban cantos de pájaros, todos los seres vivos excepto los humanos, estaban disfrutando de la sombra de alguna acacia o arbusto. Desde luego, en esos momentos no había mariposas, ni dentro ni fuera de la choza. Pero aunque solo vieses revolotear una mosca gorda y azul, en torno a la boca entreabierta del anciano que mostraba unos dientes grandes y amarillos de sarro, te intrigaba la visión de las mariposas, la sabana estaba llena de ellas, durante la mañana, a la tarde y al anochecer, pero casi nunca a esas horas del mediodía como no fuese en los pozos lejanos o en el arroyo casi seco del valle, por supuesto no aquí, en esta colina áspera y cubierta de espinos sedientos.
Te atreviste a preguntar: ¿Qué mariposas?. Pero solo recibiste una mirada vacía y el intento de la mano huesuda del viejo que señalaba justo en dirección a tu cara.
La mujer volvió a mirarte con una mueca que podías interpretar como sonrisa, tampoco dijo nada.
El esfuerzo de señalar con el dedo debió ser excesivo porque acto seguido el anciano dejó de respirar y a continuación vino el acto sobrio de cubrir su rostro con la tela de cuadros "escoceses", la "shuka" que los varones utilizaban durante toda la vida adulta, seguido por el llanto ritual, las manos a la cabeza y las volteretas en la tierra polvorienta de los niños que así expresaban un dolor supuesto o real .
Días después un joven de cabeza afeitada y orejas perforadas, llegó a la puerta de tu casa, te traía una caja de cuero, un recipiente redondo, la piel de vaca curtida despedía un olor fuerte a leche agria, te dijo que era un regalo de su abuelo y su familia por haber escuchado las últimas palabras de Aquel que durante muchas lunas (o meses, ya que la palabra era la misma) había mantenido una gran familia, segura y alimentada y había dirigido los destinos de varias generaciones. Y añadió que aquel héroe te pasaba la fuerza y la fertilidad con ese regalo.
No sabías si eras merecedor del mismo ni a santo de que te había elegido aquel moribundo hasta hacía poco desconocido como depositario de tal honor, pero tampoco importaba demasiado, hacía tiempo que había dejado de preguntarte cosas que poseían una explicación demasiado compleja para tu razonamiento europeo y lineal.
Esperaste a que se fuera, con sus andares esbeltos y presumidos y cuando ya había desaparecido tras la verja del jardín y las enredaderas de campanillas azules, te sentaste en el sofá y abriste la caja. La tapa, también de cuero, cedió fácilmente, creo que casi esperabas encontrar lo que encontraste y a pesar de todo te sobresaltó: del interior vacío salieron volando tres mariposas de color negro, azul y ocelos rojos en las alas, un remolino de colores que se quedó flotando en el salón, las contemplaste fascinado hasta que se posaron una a una en los visillos blancos de las ventanas, allí se quedaron un rato descansando, moviendo las alas arriba y abajo. Una de ellas pronto volvió a emprender vuelo y encontró la puerta abierta desapareciendo en el calor de la tarde, las otras siguieron varios días ocupando distintas posiciones junto a los otros insectos que habitaban la casa de forma permanente, no quisiste tocarlas y terminaron por desaparecer, quizás alguna murió y las hormigas la descuartizaron porque te pareció ver restos de sus alas en el suelo.
Durante una larga temporada, estuviste observándote, intentando comprobar si algo había cambiado en ti pero no notaste nada extraño ni siquiera en tus hábitos o rutina. Solo cuando te acostabas, antes de entrar en ese sueño repentino y profundo de los trópicos, pensabas en las mariposas del "otro" lado y en la necesidad de formar una familia segura, protegida y bien alimentada, a sabiendas que probablemente a tus casi cincuenta años eras demasiado viejo para esas cosas y tu tiempo ya debía haber pasado.

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