I
Y cuando van pasando los días desde la primera información sobre ese nuevo "virus patógeno", ese alienígena, ese inoportuno ser vivo que aparece de repente, o no tanto, saltando de un murciélago a un humano, la alarma aumenta, la imbecilidad, la paranoia, la histeria, individuales y colectivas, aumentan, la sensación de impotencia o miedo aumenta, ¿miedo justificado en este caso?, probablemente, pero no tanto por el virus en sí sino por nuestra pobre organización humana. No sé mañana, hoy me sentía al despertar, justo al amanecer, como si me encontrase en una enorme prisión, o mejor dicho como si me hiciesen creer que ya todos vivíamos en una prisión donde nuestros gobiernos locales, regionales, nacionales e internacionales, de forma extrañamente consensuada y con "aparente" diferencia de color, ideología o tinte, nos han metido. Casi sin resistencias dignas de mención.
El "populacho" (los gobernados) lo hemos aceptado con alegría en algunos casos, rabia en otros y resignación en la mayoría. Nuestra oposición apenas ha pasado de algún chiste, de alguna conversación entre amigos, de algún gesto airado o imprecación entre dientes en los peores momentos de enfrentarnos a una estantería vacía del supermercado cuando solo pretendiamos reponer el aceite o un paquete de espaguettis, que ya se nos había acabado en casa.
Tenía que decir algo, me encuentro con esa necesidad, como médico por jubilado que esté, como viajero y como colaborador reciente (eficaz o no, útil o inútil) de una actividad efímera y frustrada en la muy famosa Organización Mundial de la Salud, la OMS, la WHO, o como queramos llamarla según el idioma ad hoc. Organización mastodóntica, pesada y lenta como es obvio cuando se trata de ese tipo de esructuras fuertemente jerarquizadas y burocratizadas, en teoría independiente...pero... volveremos sobre ello.
Antes de opinar en un sentido u otro sobre la bondad de esta prisión o parcial confinamiento domiciliario, como lo llaman, me gustaría remontarme a unas cuantas historias del pasado reciente y probablemente del pasado algo mas lejano. Lo cual quiere decir que me voy a ir por las ramas, como hacemos los ancianos cuando hemos perdido la tribu, entre otras cosas. Eso anuncia un largo y pesado escrito, es un aviso para los escasos amigos que leen mi blog.
II
Aplicar medidas policiales. Hoy me despierto con el decreto del gobierno. ¿Aplicar medidas policiales absolutamente disparatadas y de corte fascista para contener el virus?. ¿Es la mejor manera de combatir el virus del miedo o el miedo al virus?, porque virus hay muchos y el del miedo es el peor, el inoculado por la ceguera delirante de los que parecen mas empeñados en defender su sistema económico, que afortunadamente, y gracias a una circunstancia ajena, en apariencia a nuestra voluntad, comienza a agrietarse. ¿No sería maravilloso que se destruyera de una vez?.
Hace un mes, estaba en Nairobi en uno de esos talleres ("workshop") que la OMS realiza con el propósito de divulgar algo necesario en una región específica del planeta. He tenido que volver a un tema que pensaba dejar para el final, pero el "toque de queda" me indigna y me obliga a contar alguna historia personal, que puede explicar mi desafecto a una institución pretendidamente universal e independiente de los dictados imperiales (léase USA).
Nada que ver con esta pandemia mundial del "nuevo" virus.
Se trataba de la preparación de una tarea en Guinea Bissau, relacionada con la petición económica que había hecho ese país, al llamado fondo global para financiar la lucha contra el VIH, la tuberculosos y la malaria, en países en vias de desarrollo, o sea, pobres (Un fondo de donaciones en las que participan varios estados, como no, el mas importante USA)
Tarea que desde el inicio contemplé con cierta prevención dada mi escasa habilidad en temas "caritativos" por mucho que parte de mi vida me haya dedicado a esos menesteres cuando siempre he odiado aquellas colectas infantiles de mi barrio, en que pedíamos para el domund con huchas de cerámica donde se representaban "negritos", "chinitos" y otras etnias sobre las que ejercer la caridad en poblaciones mas necesitadas. Siempre me pareció que algo fallaba en ese sistema caritativo y por supuesto no me preguntaba porqué esos pueblos eran mas pobres, aunque nosotros en el barrio nos comiéramos los mocos, cuando crecí algo más, ya supe que lo el Domund era para incrementar la economía de las organizaciones misioneras católicas en los países donde actuaban.
Ya sé, lo de la OMS es distinto, ¿distinto?. Pensemos que en el llamado Fondo Global o Mundial, el mayor aporte económico depende de USA, nación que no tildaría de caritativa, precisamente, sino al contrario, la mas capitalista del mundo, con sus intereses orientados a la rapiña constante de todo lo que pueda recolectarse en nuestro planeta, el lugar consumidor por excelencia y el mayor productor de residuos y basura, incluída la ideológica, en definitiva y hasta la fecha, el mayor poder imperialista.
Ni que decir tiene, que mi nuevo intento por volver a la colaboración internacional como consultor, tras haber estado casi cinco años dedicado a la medicina de trincheras en un ambulatorio como médico de familia, falló estrepitosamente, me había olvidado del manejo de Excel para presentar tablas bonitas, me fallaba el ordenador, no entendía como justificar lo que se pedía en ausencia de datos fiables por mucho que se hicieran proyecciones sobre prevalencias, e incidencias...hablando en plata, si no sabes cuantos afectados hay por un problema, ni tampoco la población real del país, ni cuanto se habían gastado hasta ahora en medicamentos, personal y estructuras sanitarias; en ausencia de registros la cosa era difícil y había que construir la casa empezando por los cimientos o al menos, por algunos postes para sostener un techo, aunque fueran de madera y sostuvieran un tejado de palma.
Así que me dediqué a escuchar bellas y elegantes exposiciones sobre como realizar esta tarea, riesgos, puntos fuertes y débiles, lecciones aprendidas y demás parafernalia al uso.
Uno no puede luchar contra sus convicciones íntimas, ni con la edad, nos cansamos antes cuando algo no funciona, de hecho desde que, decidieron prescindir de mi escasamente útil colaboración, a los pocos días de haber volado a Guinea Bissau y regresado tras algo mas de una semana de estancia a la vieja y ahora aterrorizada Europa, me puse a repasar un poco todas esas herramientas olvidadas, no con el propósito de trabajar con ellas, pues creo que puedo sobrevivir lo que me quede de vida con mi paga de jubilado, pero al menos refrescar parte de mi cerebro algo esclerótico supongo y así frenar el deterioro natural de la tercera edad.
En pleno repaso matemático y epidemiológico, se ha ido gestando esta crisis sanitaria mundial, convertida ya en la mayor catástrofe económica de la que tengamos conciencia los de mi generación, dejando el resto de problemas reducidos a simple anécdotas.
Pero, insisto, ¿es tan peligroso este virus que de momento a quien mas mata es a viejos como yo y mayores?.
¿Están justificadas las medidas policiales que han tomado los gobiernos mundiales a dictados, dicen, de la alerta de la OMS?.
No pongo en duda la necesidad de medidas de contención para no colapsar los servicios sanitarios, aunque sea un buen momento, también, para revisar la eficacia de esos servicios no ya ante una epidemia global sino ante una errónea concepción de la enfermedad y el enfermo, definido como cliente o usuario, o sea, como consumidor de esos servicios, por tanto como mercancía.
Salvo algunos artículos en las revistas progresistas y marginales que suelo leer, no hay nada de eso en las noticias catastróficas y terroríficas de nuestras televisiones o diarios.
Lo peor es que ya no existen otras enfermedades ni otros problemas, solo la epidemia y el toque de queda. Se han cerrado todos los lugares donde puedan concentrarse seres humanos, desde bares y gimnasios a escuelas y espectáculos, se han vaciado por ley las calles, todos los nucleos habitados se han convertido en prisión de sus habitantes. Esperemos, aguantando la respiración, los efectos colaterales de esta decisión.
A río revuelto ganancia de pescadores. Los dueños de nuestras vidas extraerán beneficios extra de estas medidas que llevan al colapso de la economía mundial, !pero ojo¡, sin cambiar de sistema, o sea, cuando los más débiles, la mayoría de la humanidad, salga de esta crisis, posiblemente la vuelta de tuerca nos haya convertido en más esclavos, en más pobres y endeudados, en más indefensos frente a la arbitrariedad de los que comprarán a la baja nuestra fuerza de trabajo y nuestras vidas.
Lo podemos ver de otro modo, claro, hay cosas que podrían salvarnos, si tomáramos conciencia de la necesidad de una sanidad pública poderosa, de un cambio en el paradigma del trabajo, a saber: trabajar para vivir y no al contrario, poner la economía al servicio de las personas, destruir el concepto mercantilista del mundo, la utopía vaya, ¿la utopía?...¿no será la salvación y el freno a nuestra extinción?.
Pero vuelvo a la OMS y con ella a mi primer ataque de paludismo o malaria, los dos asuntos tienen relación.
1998
Hacía unos pocos meses que trabajaba en una región del sur de Tanzania, un proyecto de MSF para ayudar a las autoridades sanitarias en su lucha contra las enfermedades mas prevalentes, los brotes epidémicos, los medicamentos, etc...era una ayuda integral, económica, de gestión y organización que incluía, también, construcción o rehabilitación de dispensarios o centros de salud.
La mayor parte del equipo vivíamos en una casa maravillosa, al lado del océno Indico, donde bajaba caminando hasta la playa por una cuesta flanqueda de baobabs, flamboyanes y palmeras hasta las aguas mágicas donde pasaba mis ratos de ocio, nadando y buceando en los arrecifes coralinos, el paraíso en suma, especialmente tras un día caluroso y duros de trabajo y supervisión en algunas aldeas de la selva, un tercio del tiempo dando tumbos por caminos y carreteras de laterita llenas de baches o peor, tras un día en la oficina bajo un ventilador que solo difundía el calor ambiente pegajoso y constante, luchando contra la modorra mientras escribías informes o consultabas sin descanso el libro de medicina tropical o discutías con el personal nacional y resto del equipo, o simplemente se te iba el santo al cielo, contemplando las copas de un mango gigantesco a través de las barras de hierro horizontales de la ventana, de aspecto carcelario, si no fuera por el bullicio constante del exterior, el graznido de los cuervos que parecia un lenguaje, los gritos de los niños jugando con una pelota de cuerda en el descampado, los todoterreno y los dala dala con sus motores roncos. No podía quejarme, África estaba impregnándome de una emoción que nunca había llegado a sentir antes y sobre todo me estaba ayudando a mí, no yo a ellos, poco tenían que aprender de ese grupo de blanquitos ignorantes, que solo les servíamos como sucursal bancaria, y debo decir, bastante tacaña porque no es que nadáramos en la abundancia, aunque para ellos fuéramos ricos, en ese contexto me esforzaba en enseñar lo poco que sabía, pero sobre todo, en abrir mis ojos, oídos, narices, paladar y tacto, sediento de aprender, con un entusiasmo que me devolvía a la adolescencia o mucho mas lejos, a la infancia. En ese momento y bastante mayor que mis colegas del equipo, ya sabía que nunca podría volver a Europa del todo, aunque no imaginaba el vuelco de mi vida y hasta que punto mi futiuro quedaría irremediablemente anclado al continente africano, mi paraíso y el lugar donde me gustaría acabar el resto de mi vida.
Había ciertos peligros, claro, el mas importante: los mosquitos que a veces no te dejaban vivir a pesar del repelente que embadurnabas en tu piel a partir de la puesta de sol, la mosquitera u otras medidas menos efectivas.
Había dejado de tomar la profilaxis contra la malaria pensando que como mínimo iba a estar un año entero y no quería que me afectase el medicamento "protector" a base de derivados de quinina en aquella época o de sulfamidas.
Una noche nos avisaron urgentemente y tarde, como de costumbre, de un brote de meningitis en un poblado del río distante de la capital de provincia. Había una luna llena y hermosa, salimos rápidamente dando tumbos por el camino lleno cráteres o cuarteado de grietas, en el durísimo toyota que dejaba una estela de polvo, en la oscuridad, una nube plateada sin el color rojo ladrillo o amarillo azufrado de la luz diurna, solo nube fantasmal esa noche de luna. Recuerdo las conversaciones en swahili, la magia y la tensión del momento, se trataba de llegar e improvisar un hospital de campaña por llamarlo de algún modo, donde atender los casos que fueran apareciendo, con el material que llevábamos encima, goteros, medicación antibiótica, jeringas y agujas para punción lumbar y bolsas de suero, palanganas, depósitos de agua potable, jabón, todo lo necesario para la emergencia.
Por supuesto serían, sobre todo, las expertas enfermeras nacionales las que llevarían el peso de la intervención, pero nos tocaba ayudar en lo que buenamente pudiéramos...y lo hicimos.
Habían habilitado una vieja escuela de adobe y techo de hierba, suelo de tierra que hubo que barrer, con un pañuelo como mascarilla y al estilo bandolero por el polvo que se levantaba, a la luz de lámparas de queroxeno, ese olor peculiar de su combustión mezclado con el polvo, el sudor de los cuerpos no desagradable, una mezcla de canela y mandioca, algo frenético, por supuesto los del pueblo trabajaban de forma eficaz cortando palos para colgar los sueros, tendiendo hamacas de paja trenzada para los pacientes, regando la tierra para evitar el polvo en la medida de los posible y mientras, iban apareciendo los enfermos, niños, mujeres y algún anciano, los atendíamos por orden de urgencia, había que buscar la via venosa en aquella penumbra para colocar agujas y palomillas. Diagnosticábamos con rapidez y medicábamos lo mas pronto posible, las enfermeras nacionales, aquellas "mamas africanas" voluminosas y oscuras actuaban con ternura y contundencia, eran capaces de encontrar una vena invisible en el craneo de un lactante para colocar sin dilacción la palomilla mientras le consolaban con alguna salmodia. Nosotros repartíamos ampollas o jeringas cargadas y anotábamos en los registros constantes vitales y medicación, preparando a los mas urgentes para el viaje al hospital. Recuerdo esa noche como muchas otras, pero esa fue especial, me había olvidado completamente en la urgencia del momento, cargar con mi repelente antimosquitos, y me di cuenta cuando les observaba aterrizando en los brazos y notaba su leve picadura, eran auténticos cazabombarderos en la pista de aterizaje de mis brazos o en los tobillos y apenas podía espantarlos porque tenía varios objetos en las manos al mismo tiempo. Escuchaba su zumbido cerca de mi oreja, los llegaba a ver posados casi verticalmente sobre mis brazos o en el dorso de mi mano mientras horodaban y bombeaban la sangre de mis capilares superficiales.
Acabamos muy tarde, mas de la medianoche y volvimos de madrugada dejando varias enfermeras de guardia que bebían té y se desplomaban en unas banquetas cerca de los pacientes, exhaustas pero vigilantes. Los familiares de los enfermos ya preparabn arroz, plátanos y mandioca frita para auxiliar a las trabajadoras sanitarias que no podrían volver a sus casas hasta bien entrada la mañana.
Tras cinco días en que notaba mi cuerpo algo mas insensible que de costumbre, con el estómago pesado y una sensación creciente de cansancio, llegaron como un mazazo los escalofríos, los vómitos imposibles de contener, la diarrea incesante, los cuarenta y dos grados de fiebre, el cuerpo quería darse la vuelta como un guante al revés, esa era la sensación, tumbado en la cama y delirando, atendido lo mejor posible por las mujeres de mi equipo, me olvidaba comentar que eran todas mujeres, la enfermera, la arquitecta y la jefe de equipo, farmacéutica. El únio hombre, el jefe logista, era marido de la enfermera, un masai alto y delgado que se convirtió en uno de mis mejores amigos durante el resto del proyecto.
Durante los intervalos de lucidez, la jefa intentaba convencerme de ir al hospital a lo que me negaba en redondo, me horrorizaba pensar en la mugre de los pabellones y en las hipotéticas trnsfusiones de sangre o suero que me esperaban con algo peor que los bichitos de plasmodium circulantes en mi cuerpo. Había comenzado a medicarme con los derivados de la quinina, siguiendo los protocolos de la OMS, precisamente y las órdenes de la sede de MSF desde Dar es Salaam, que habían indicado con precisión que solo debía seguir ese tratamiento y si era necesario evacuarme inmediatamente.
Resistí, entre pesadillas y viajes a la letrina, perdiendo líquidos por arriba y por abajo, pero forzándome a mi mismo a beber agua con limón y bicarbonato a sorbos de una cuchara, incluso intentando comer papaya aunque vomitara, la fiebre iba y venía, en total estuve en ese estado casi tres días, perdí casi diez quilos en ese corto periodo, todavía no sé como sobreviví, me aferraba al paraíso que temía perder cuando acababa de encontrarlo, supongo.
Vino a salvarme un medicamento chino, precisamente, me lo trajeron una pareja de médicos, un matrimonio de alemanes del Este (no recuerdo si ya se había producido la "reunificación" de Alemania en esa época, pero ellos seguían siendo de la vieja República Democrática Alemana). Marion y Uli, que trabajaban en el hospital, fueron mis ángeles salvadores, me comentaron que era absurdo seguir con esos protocolos de tratamiento a base de quinina y que los chinos ya usaban Artemisa y sus derivados para combatir la malaria desde hace seis mil años.
A las cuatro horas de tomar el primer comprimido, noté que por primera vez me quedaba dormido sin náuseas, desperté increíblemente fatigado pero no me dolía la cabeza, no tenía fiebre, había desaparecido la sensación de náusea continua, en el estómago solo notaba un hueco, apenas podía levantarme aunque si lo hacía despacio no me mareaba y sobre todo: tenía un hambre de lobo.
Al día siguiente, aunque todavía cansado, comenzaba a trabajar, iniciaba mi vida normal.
Investigué, comencé a investigar porqué se continuaba administrando quinina intravenosa en los casos de malaria cerebral, o sulfamidas preventivas a las mujeres embarazadas, leía la breve descripción en la biblia médica de los trópicos, el Manson, sobre los derivados de la planta artemisa annua, una planta que crece casi en cualquier sitio, que estaba disponible en comprimidos e inyecciones, utilizada como artemisina o artesunato, utilizada sobre todo en Asia y comercializada en China, en su forma moderna con la colaboración de compañías farmacéuticas francesas.
¿Porqué seguían utilizando derivados de la quinina o de las sulfamidas en todos los hospitales y centros de salud africanos?, ¿porqué nuestra sede de MSF mantenía esos protocolos a rajatabla?, ¿porqué la OMS si conocía las resistencias crecientes a los medicamentos convencionales o sus efectos secundarios desagradables cuando no ineficaces o peligrosos, seguía empeñada en utilizarlos?. De hecho y a pesar de mis sugerencias a la sede de MSF no modificarían esos protocolos hasta unos años después, pero claro, yo no era nadie (sigo sin serlo).
Las razones aducidas, eran tres, incluso en el libro de medicina tropical, eran: 1.Que no había suficientes ensayos clínicos (en Occidente) que avalaran la eficacia de la artemisa.
Y cuando van pasando los días desde la primera información sobre ese nuevo "virus patógeno", ese alienígena, ese inoportuno ser vivo que aparece de repente, o no tanto, saltando de un murciélago a un humano, la alarma aumenta, la imbecilidad, la paranoia, la histeria, individuales y colectivas, aumentan, la sensación de impotencia o miedo aumenta, ¿miedo justificado en este caso?, probablemente, pero no tanto por el virus en sí sino por nuestra pobre organización humana. No sé mañana, hoy me sentía al despertar, justo al amanecer, como si me encontrase en una enorme prisión, o mejor dicho como si me hiciesen creer que ya todos vivíamos en una prisión donde nuestros gobiernos locales, regionales, nacionales e internacionales, de forma extrañamente consensuada y con "aparente" diferencia de color, ideología o tinte, nos han metido. Casi sin resistencias dignas de mención.
El "populacho" (los gobernados) lo hemos aceptado con alegría en algunos casos, rabia en otros y resignación en la mayoría. Nuestra oposición apenas ha pasado de algún chiste, de alguna conversación entre amigos, de algún gesto airado o imprecación entre dientes en los peores momentos de enfrentarnos a una estantería vacía del supermercado cuando solo pretendiamos reponer el aceite o un paquete de espaguettis, que ya se nos había acabado en casa.
Tenía que decir algo, me encuentro con esa necesidad, como médico por jubilado que esté, como viajero y como colaborador reciente (eficaz o no, útil o inútil) de una actividad efímera y frustrada en la muy famosa Organización Mundial de la Salud, la OMS, la WHO, o como queramos llamarla según el idioma ad hoc. Organización mastodóntica, pesada y lenta como es obvio cuando se trata de ese tipo de esructuras fuertemente jerarquizadas y burocratizadas, en teoría independiente...pero... volveremos sobre ello.
Antes de opinar en un sentido u otro sobre la bondad de esta prisión o parcial confinamiento domiciliario, como lo llaman, me gustaría remontarme a unas cuantas historias del pasado reciente y probablemente del pasado algo mas lejano. Lo cual quiere decir que me voy a ir por las ramas, como hacemos los ancianos cuando hemos perdido la tribu, entre otras cosas. Eso anuncia un largo y pesado escrito, es un aviso para los escasos amigos que leen mi blog.
II
Aplicar medidas policiales. Hoy me despierto con el decreto del gobierno. ¿Aplicar medidas policiales absolutamente disparatadas y de corte fascista para contener el virus?. ¿Es la mejor manera de combatir el virus del miedo o el miedo al virus?, porque virus hay muchos y el del miedo es el peor, el inoculado por la ceguera delirante de los que parecen mas empeñados en defender su sistema económico, que afortunadamente, y gracias a una circunstancia ajena, en apariencia a nuestra voluntad, comienza a agrietarse. ¿No sería maravilloso que se destruyera de una vez?.
Hace un mes, estaba en Nairobi en uno de esos talleres ("workshop") que la OMS realiza con el propósito de divulgar algo necesario en una región específica del planeta. He tenido que volver a un tema que pensaba dejar para el final, pero el "toque de queda" me indigna y me obliga a contar alguna historia personal, que puede explicar mi desafecto a una institución pretendidamente universal e independiente de los dictados imperiales (léase USA).
Nada que ver con esta pandemia mundial del "nuevo" virus.
Se trataba de la preparación de una tarea en Guinea Bissau, relacionada con la petición económica que había hecho ese país, al llamado fondo global para financiar la lucha contra el VIH, la tuberculosos y la malaria, en países en vias de desarrollo, o sea, pobres (Un fondo de donaciones en las que participan varios estados, como no, el mas importante USA)
Tarea que desde el inicio contemplé con cierta prevención dada mi escasa habilidad en temas "caritativos" por mucho que parte de mi vida me haya dedicado a esos menesteres cuando siempre he odiado aquellas colectas infantiles de mi barrio, en que pedíamos para el domund con huchas de cerámica donde se representaban "negritos", "chinitos" y otras etnias sobre las que ejercer la caridad en poblaciones mas necesitadas. Siempre me pareció que algo fallaba en ese sistema caritativo y por supuesto no me preguntaba porqué esos pueblos eran mas pobres, aunque nosotros en el barrio nos comiéramos los mocos, cuando crecí algo más, ya supe que lo el Domund era para incrementar la economía de las organizaciones misioneras católicas en los países donde actuaban.
Ya sé, lo de la OMS es distinto, ¿distinto?. Pensemos que en el llamado Fondo Global o Mundial, el mayor aporte económico depende de USA, nación que no tildaría de caritativa, precisamente, sino al contrario, la mas capitalista del mundo, con sus intereses orientados a la rapiña constante de todo lo que pueda recolectarse en nuestro planeta, el lugar consumidor por excelencia y el mayor productor de residuos y basura, incluída la ideológica, en definitiva y hasta la fecha, el mayor poder imperialista.
Ni que decir tiene, que mi nuevo intento por volver a la colaboración internacional como consultor, tras haber estado casi cinco años dedicado a la medicina de trincheras en un ambulatorio como médico de familia, falló estrepitosamente, me había olvidado del manejo de Excel para presentar tablas bonitas, me fallaba el ordenador, no entendía como justificar lo que se pedía en ausencia de datos fiables por mucho que se hicieran proyecciones sobre prevalencias, e incidencias...hablando en plata, si no sabes cuantos afectados hay por un problema, ni tampoco la población real del país, ni cuanto se habían gastado hasta ahora en medicamentos, personal y estructuras sanitarias; en ausencia de registros la cosa era difícil y había que construir la casa empezando por los cimientos o al menos, por algunos postes para sostener un techo, aunque fueran de madera y sostuvieran un tejado de palma.
Así que me dediqué a escuchar bellas y elegantes exposiciones sobre como realizar esta tarea, riesgos, puntos fuertes y débiles, lecciones aprendidas y demás parafernalia al uso.
Uno no puede luchar contra sus convicciones íntimas, ni con la edad, nos cansamos antes cuando algo no funciona, de hecho desde que, decidieron prescindir de mi escasamente útil colaboración, a los pocos días de haber volado a Guinea Bissau y regresado tras algo mas de una semana de estancia a la vieja y ahora aterrorizada Europa, me puse a repasar un poco todas esas herramientas olvidadas, no con el propósito de trabajar con ellas, pues creo que puedo sobrevivir lo que me quede de vida con mi paga de jubilado, pero al menos refrescar parte de mi cerebro algo esclerótico supongo y así frenar el deterioro natural de la tercera edad.
En pleno repaso matemático y epidemiológico, se ha ido gestando esta crisis sanitaria mundial, convertida ya en la mayor catástrofe económica de la que tengamos conciencia los de mi generación, dejando el resto de problemas reducidos a simple anécdotas.
Pero, insisto, ¿es tan peligroso este virus que de momento a quien mas mata es a viejos como yo y mayores?.
¿Están justificadas las medidas policiales que han tomado los gobiernos mundiales a dictados, dicen, de la alerta de la OMS?.
No pongo en duda la necesidad de medidas de contención para no colapsar los servicios sanitarios, aunque sea un buen momento, también, para revisar la eficacia de esos servicios no ya ante una epidemia global sino ante una errónea concepción de la enfermedad y el enfermo, definido como cliente o usuario, o sea, como consumidor de esos servicios, por tanto como mercancía.
Salvo algunos artículos en las revistas progresistas y marginales que suelo leer, no hay nada de eso en las noticias catastróficas y terroríficas de nuestras televisiones o diarios.
Lo peor es que ya no existen otras enfermedades ni otros problemas, solo la epidemia y el toque de queda. Se han cerrado todos los lugares donde puedan concentrarse seres humanos, desde bares y gimnasios a escuelas y espectáculos, se han vaciado por ley las calles, todos los nucleos habitados se han convertido en prisión de sus habitantes. Esperemos, aguantando la respiración, los efectos colaterales de esta decisión.
A río revuelto ganancia de pescadores. Los dueños de nuestras vidas extraerán beneficios extra de estas medidas que llevan al colapso de la economía mundial, !pero ojo¡, sin cambiar de sistema, o sea, cuando los más débiles, la mayoría de la humanidad, salga de esta crisis, posiblemente la vuelta de tuerca nos haya convertido en más esclavos, en más pobres y endeudados, en más indefensos frente a la arbitrariedad de los que comprarán a la baja nuestra fuerza de trabajo y nuestras vidas.
Lo podemos ver de otro modo, claro, hay cosas que podrían salvarnos, si tomáramos conciencia de la necesidad de una sanidad pública poderosa, de un cambio en el paradigma del trabajo, a saber: trabajar para vivir y no al contrario, poner la economía al servicio de las personas, destruir el concepto mercantilista del mundo, la utopía vaya, ¿la utopía?...¿no será la salvación y el freno a nuestra extinción?.
Pero vuelvo a la OMS y con ella a mi primer ataque de paludismo o malaria, los dos asuntos tienen relación.
1998
Hacía unos pocos meses que trabajaba en una región del sur de Tanzania, un proyecto de MSF para ayudar a las autoridades sanitarias en su lucha contra las enfermedades mas prevalentes, los brotes epidémicos, los medicamentos, etc...era una ayuda integral, económica, de gestión y organización que incluía, también, construcción o rehabilitación de dispensarios o centros de salud.
La mayor parte del equipo vivíamos en una casa maravillosa, al lado del océno Indico, donde bajaba caminando hasta la playa por una cuesta flanqueda de baobabs, flamboyanes y palmeras hasta las aguas mágicas donde pasaba mis ratos de ocio, nadando y buceando en los arrecifes coralinos, el paraíso en suma, especialmente tras un día caluroso y duros de trabajo y supervisión en algunas aldeas de la selva, un tercio del tiempo dando tumbos por caminos y carreteras de laterita llenas de baches o peor, tras un día en la oficina bajo un ventilador que solo difundía el calor ambiente pegajoso y constante, luchando contra la modorra mientras escribías informes o consultabas sin descanso el libro de medicina tropical o discutías con el personal nacional y resto del equipo, o simplemente se te iba el santo al cielo, contemplando las copas de un mango gigantesco a través de las barras de hierro horizontales de la ventana, de aspecto carcelario, si no fuera por el bullicio constante del exterior, el graznido de los cuervos que parecia un lenguaje, los gritos de los niños jugando con una pelota de cuerda en el descampado, los todoterreno y los dala dala con sus motores roncos. No podía quejarme, África estaba impregnándome de una emoción que nunca había llegado a sentir antes y sobre todo me estaba ayudando a mí, no yo a ellos, poco tenían que aprender de ese grupo de blanquitos ignorantes, que solo les servíamos como sucursal bancaria, y debo decir, bastante tacaña porque no es que nadáramos en la abundancia, aunque para ellos fuéramos ricos, en ese contexto me esforzaba en enseñar lo poco que sabía, pero sobre todo, en abrir mis ojos, oídos, narices, paladar y tacto, sediento de aprender, con un entusiasmo que me devolvía a la adolescencia o mucho mas lejos, a la infancia. En ese momento y bastante mayor que mis colegas del equipo, ya sabía que nunca podría volver a Europa del todo, aunque no imaginaba el vuelco de mi vida y hasta que punto mi futiuro quedaría irremediablemente anclado al continente africano, mi paraíso y el lugar donde me gustaría acabar el resto de mi vida.
Había ciertos peligros, claro, el mas importante: los mosquitos que a veces no te dejaban vivir a pesar del repelente que embadurnabas en tu piel a partir de la puesta de sol, la mosquitera u otras medidas menos efectivas.
Había dejado de tomar la profilaxis contra la malaria pensando que como mínimo iba a estar un año entero y no quería que me afectase el medicamento "protector" a base de derivados de quinina en aquella época o de sulfamidas.
Una noche nos avisaron urgentemente y tarde, como de costumbre, de un brote de meningitis en un poblado del río distante de la capital de provincia. Había una luna llena y hermosa, salimos rápidamente dando tumbos por el camino lleno cráteres o cuarteado de grietas, en el durísimo toyota que dejaba una estela de polvo, en la oscuridad, una nube plateada sin el color rojo ladrillo o amarillo azufrado de la luz diurna, solo nube fantasmal esa noche de luna. Recuerdo las conversaciones en swahili, la magia y la tensión del momento, se trataba de llegar e improvisar un hospital de campaña por llamarlo de algún modo, donde atender los casos que fueran apareciendo, con el material que llevábamos encima, goteros, medicación antibiótica, jeringas y agujas para punción lumbar y bolsas de suero, palanganas, depósitos de agua potable, jabón, todo lo necesario para la emergencia.
Por supuesto serían, sobre todo, las expertas enfermeras nacionales las que llevarían el peso de la intervención, pero nos tocaba ayudar en lo que buenamente pudiéramos...y lo hicimos.
Habían habilitado una vieja escuela de adobe y techo de hierba, suelo de tierra que hubo que barrer, con un pañuelo como mascarilla y al estilo bandolero por el polvo que se levantaba, a la luz de lámparas de queroxeno, ese olor peculiar de su combustión mezclado con el polvo, el sudor de los cuerpos no desagradable, una mezcla de canela y mandioca, algo frenético, por supuesto los del pueblo trabajaban de forma eficaz cortando palos para colgar los sueros, tendiendo hamacas de paja trenzada para los pacientes, regando la tierra para evitar el polvo en la medida de los posible y mientras, iban apareciendo los enfermos, niños, mujeres y algún anciano, los atendíamos por orden de urgencia, había que buscar la via venosa en aquella penumbra para colocar agujas y palomillas. Diagnosticábamos con rapidez y medicábamos lo mas pronto posible, las enfermeras nacionales, aquellas "mamas africanas" voluminosas y oscuras actuaban con ternura y contundencia, eran capaces de encontrar una vena invisible en el craneo de un lactante para colocar sin dilacción la palomilla mientras le consolaban con alguna salmodia. Nosotros repartíamos ampollas o jeringas cargadas y anotábamos en los registros constantes vitales y medicación, preparando a los mas urgentes para el viaje al hospital. Recuerdo esa noche como muchas otras, pero esa fue especial, me había olvidado completamente en la urgencia del momento, cargar con mi repelente antimosquitos, y me di cuenta cuando les observaba aterrizando en los brazos y notaba su leve picadura, eran auténticos cazabombarderos en la pista de aterizaje de mis brazos o en los tobillos y apenas podía espantarlos porque tenía varios objetos en las manos al mismo tiempo. Escuchaba su zumbido cerca de mi oreja, los llegaba a ver posados casi verticalmente sobre mis brazos o en el dorso de mi mano mientras horodaban y bombeaban la sangre de mis capilares superficiales.
Acabamos muy tarde, mas de la medianoche y volvimos de madrugada dejando varias enfermeras de guardia que bebían té y se desplomaban en unas banquetas cerca de los pacientes, exhaustas pero vigilantes. Los familiares de los enfermos ya preparabn arroz, plátanos y mandioca frita para auxiliar a las trabajadoras sanitarias que no podrían volver a sus casas hasta bien entrada la mañana.
Tras cinco días en que notaba mi cuerpo algo mas insensible que de costumbre, con el estómago pesado y una sensación creciente de cansancio, llegaron como un mazazo los escalofríos, los vómitos imposibles de contener, la diarrea incesante, los cuarenta y dos grados de fiebre, el cuerpo quería darse la vuelta como un guante al revés, esa era la sensación, tumbado en la cama y delirando, atendido lo mejor posible por las mujeres de mi equipo, me olvidaba comentar que eran todas mujeres, la enfermera, la arquitecta y la jefe de equipo, farmacéutica. El únio hombre, el jefe logista, era marido de la enfermera, un masai alto y delgado que se convirtió en uno de mis mejores amigos durante el resto del proyecto.
Durante los intervalos de lucidez, la jefa intentaba convencerme de ir al hospital a lo que me negaba en redondo, me horrorizaba pensar en la mugre de los pabellones y en las hipotéticas trnsfusiones de sangre o suero que me esperaban con algo peor que los bichitos de plasmodium circulantes en mi cuerpo. Había comenzado a medicarme con los derivados de la quinina, siguiendo los protocolos de la OMS, precisamente y las órdenes de la sede de MSF desde Dar es Salaam, que habían indicado con precisión que solo debía seguir ese tratamiento y si era necesario evacuarme inmediatamente.
Resistí, entre pesadillas y viajes a la letrina, perdiendo líquidos por arriba y por abajo, pero forzándome a mi mismo a beber agua con limón y bicarbonato a sorbos de una cuchara, incluso intentando comer papaya aunque vomitara, la fiebre iba y venía, en total estuve en ese estado casi tres días, perdí casi diez quilos en ese corto periodo, todavía no sé como sobreviví, me aferraba al paraíso que temía perder cuando acababa de encontrarlo, supongo.
Vino a salvarme un medicamento chino, precisamente, me lo trajeron una pareja de médicos, un matrimonio de alemanes del Este (no recuerdo si ya se había producido la "reunificación" de Alemania en esa época, pero ellos seguían siendo de la vieja República Democrática Alemana). Marion y Uli, que trabajaban en el hospital, fueron mis ángeles salvadores, me comentaron que era absurdo seguir con esos protocolos de tratamiento a base de quinina y que los chinos ya usaban Artemisa y sus derivados para combatir la malaria desde hace seis mil años.
A las cuatro horas de tomar el primer comprimido, noté que por primera vez me quedaba dormido sin náuseas, desperté increíblemente fatigado pero no me dolía la cabeza, no tenía fiebre, había desaparecido la sensación de náusea continua, en el estómago solo notaba un hueco, apenas podía levantarme aunque si lo hacía despacio no me mareaba y sobre todo: tenía un hambre de lobo.
Al día siguiente, aunque todavía cansado, comenzaba a trabajar, iniciaba mi vida normal.
Investigué, comencé a investigar porqué se continuaba administrando quinina intravenosa en los casos de malaria cerebral, o sulfamidas preventivas a las mujeres embarazadas, leía la breve descripción en la biblia médica de los trópicos, el Manson, sobre los derivados de la planta artemisa annua, una planta que crece casi en cualquier sitio, que estaba disponible en comprimidos e inyecciones, utilizada como artemisina o artesunato, utilizada sobre todo en Asia y comercializada en China, en su forma moderna con la colaboración de compañías farmacéuticas francesas.
¿Porqué seguían utilizando derivados de la quinina o de las sulfamidas en todos los hospitales y centros de salud africanos?, ¿porqué nuestra sede de MSF mantenía esos protocolos a rajatabla?, ¿porqué la OMS si conocía las resistencias crecientes a los medicamentos convencionales o sus efectos secundarios desagradables cuando no ineficaces o peligrosos, seguía empeñada en utilizarlos?. De hecho y a pesar de mis sugerencias a la sede de MSF no modificarían esos protocolos hasta unos años después, pero claro, yo no era nadie (sigo sin serlo).
Las razones aducidas, eran tres, incluso en el libro de medicina tropical, eran: 1.Que no había suficientes ensayos clínicos (en Occidente) que avalaran la eficacia de la artemisa.
2. Que no se había establecido con claridad la existencia de efectos secundarios, parecía no haberlos y eso hacía dudar de la eficacia de cualquier medicamento, dado que su efecto terapéutico suele ir asociado a la presencia de otros efectos no deseados aunque comparativamente menos nocivos que la resolución del problema de salud a la que se destinan y
3. Que se debía reservar esa droga en apariencia mágica y que actuaba sobre todas las fases del parásito dentro del organismo humano, a casos resistentes a los medicamentos ya conocidos y utilizados en la medicina occidental, de lo contrario se corría el riesgo de provocar nuevas resistencias dada la versatilidad adaptativa del plasmodium y por tanto quedarnos sin alternativas farmacológicas en el tratamiento de la enfermedad
2020
En fin, hoy, 20 años después de aquel episodio, la OMS utiliza como primera elección en el tratamiento del paludismo, los derivados de Artemisa mezclados con otros antimaláricos en la lucha farmacológica contra el paludismo aunque ahora, retarde la aplicación de la vacuna, en distintas fases de ensayo por no haber demostrado todavía su plena eficacia, algo que me suena conocido, lamentablemente.
Me alargaría excesivamente si explicara porqué todos los medicamentos derivados de la quinina y que siguen utilizándose ( o seguían hasta al menos hace un par de años) en occidente para la prevención en los viajeros o incluso el tratamiento en las unidades de cuidados intensivos de los hospitales para los casos importados, están sujetos a petentes médicas, especialmente americanas. Solo tener en cuenta que China no reconoce o reconocía el sistema de patentes y por tanto los medicamentos derivados de la artemisa podían utilizarse libremente por cualquier empresa que deseara comercializarlos.
Resaltar que la OMS mantuvo al menos una década la utilización en primera linea de los medicamentos con patente USA, o sea, los derivados de la quinina y los sigue manteniendo aunque sea en forma de compuestos mezclados con artemisa, alegando retrasar así la aparición de resistencias al parásito.
III
Aterrizo en el presente. A día de hoy, continua el estado de alarma. La población recluída en sus domicilios para detener la invasión del virus "asesino". País paralizado por decreto. La policía o el ejército pude pararte en la calle y multarte si no hay una razón justificada para que estés paseando, razones justificadas bastante "pintorescas", por ejemplo, pasear a tu mascota (perros sobre todo) para que haga sus necesidades, ir a comprar alimentos, o medicamentos, ir al médico aunque se recomienda no ir salvo caso extremo para no colapsar el sistema, ir al trabajo en el caso de que tu puesto de trabajo siga en funcionamiento, ir a llenar el depósito de gasolina de tu coche aunque también te pararán si te ven en coche y no lo utilizas para esos supuestos autorizados, etc...para que seguir si la arbitrariedad de las medidas de control hace imposible enumerar los casos particulares, excepcionales o de favor.
Podría pensarse que estoy en contra de esa medida.
No lo estoy, ni en contra ni, por supuesto, a favor.
Solo cuento lo que veo y lo que veo me parece autoritario y desproporcionado, en todo caso pretende ponerse remedio a algo que arrastramos desde hace mas de un siglo en este país del sur de Europa, la desinformación deliberada, la falta de educación popular en aspectos tan básicos como la salud, por no hablar de la democracia o el civismo.
Y pienso que esas medidas son el reflejo de la impotencia de nuestros gobernantes que dan por hecho, que nuestra ignorancia social obliga a tomarlas, cierto, si no es por las buenas será por las malas.
Y añado, que se aprovecha la circunstancia para aumentar el control de la población, un gigantesco experimento de "a grandes males, grandes remedios".
Hay algo interesante, de todos modos, algo aprentemente paradójico, las consecuencias previsibles de este gigantesco experimento preventivo y, posiblemente, totalitario, no son todas negativas. El capitalismo cercenado en su raíz por un virus, el parón productivo nos lleva, aunque sea provisionalmente, a la única solución a la degradación medioambiental imperante hasta ahora, el "crecimiento 0", el decrecimiento como solución, como única solución posible justo aquí y ahora.
Si fueramos capaces de extraer lecciones (jajaja, las lecciones aprendidas en los talleres de la OMS y otras "academias neoliberales"), la solución está ahí: economía colaborativa y no competitiva, premiar las ideas limpias, aquellas que nos sirven para sobrevivir no como simples individuos sino teniendo en cuenta que el bien común es, precisamente, nuestro bien individual.
Los jóvenes tampoco sufrirán demasiado mientras tengan sus pantallas, la brutalidad de nuestra sociedad capitalista tecnológica ya los ha estado preparando para esta situación, de hecho, muchos de ellos vivían en toque de queda voluntario y casi permanente, hipnotizados frente al mundo virtual de las pantallas. Lo siento por ellos, quizás, si me pongo distópico, me entristece que no puedan volver a la realidad, que su mundo sea crecer en lo virtual, prepararse para volar al espacio confinados en la cabina de una nave interplanetaria, congelados durante eones, en un viaje a la nada galáctica, condenados al sexo virtual, al viaje virtual, a la comida virtual, a la guerra virtual.
Pero ya se sabe, los viejos tenemos la tendencia a considerar que todo tiempo pasado fue mejor y que lo peor no ha llegado todavía, claro que lo peor para nosotros, para los que todavía tenemos una sed infinita de vivir, ver, tocar, degustar y respirar la realidad, lo peor de verdad, es nuestra propia muerte y por eso extrapolamos nuestra decadencia y nos regodeamos en finales apocalípticos.
Por eso, me hago la pregunta, ¿no será mejor que el virus acabe de una vez con nuestra generación pesimista y agorera?.
Por cierto, hay países que han adoptado otra estrategia, Inglaterra ha decidido que toda su población se infecte en un año, que no hay otro remedio y que mejor no tomar medidas de contención....y Suecia ha decidido lo mismo aunque no se sabemos porqué y las noticias no nos cuentan nada de estas excepciones, probar a buscarlo en Google.
Solo recordar que Suecia, era y todavía lo es, uno de los países más cívicos y democráticos del planeta, ¿Se habrán vuelto locos?
Y lo de polis-virus es porque hay muchos mas virus sin tratamiento, no solo este de la plaga, además, lo de polis es por POLITIKA, hay varias no solo la que nos cuentan. Salud y larga vida en el confinamiento real y en el virtual, en las ciudades o "polis" y en los pueblos donde el control es imposible, ahora, ancianos, envidiar la España vacía.
IV
Por supuesto, continuará..........................................
2020
En fin, hoy, 20 años después de aquel episodio, la OMS utiliza como primera elección en el tratamiento del paludismo, los derivados de Artemisa mezclados con otros antimaláricos en la lucha farmacológica contra el paludismo aunque ahora, retarde la aplicación de la vacuna, en distintas fases de ensayo por no haber demostrado todavía su plena eficacia, algo que me suena conocido, lamentablemente.
Me alargaría excesivamente si explicara porqué todos los medicamentos derivados de la quinina y que siguen utilizándose ( o seguían hasta al menos hace un par de años) en occidente para la prevención en los viajeros o incluso el tratamiento en las unidades de cuidados intensivos de los hospitales para los casos importados, están sujetos a petentes médicas, especialmente americanas. Solo tener en cuenta que China no reconoce o reconocía el sistema de patentes y por tanto los medicamentos derivados de la artemisa podían utilizarse libremente por cualquier empresa que deseara comercializarlos.
Resaltar que la OMS mantuvo al menos una década la utilización en primera linea de los medicamentos con patente USA, o sea, los derivados de la quinina y los sigue manteniendo aunque sea en forma de compuestos mezclados con artemisa, alegando retrasar así la aparición de resistencias al parásito.
III
Aterrizo en el presente. A día de hoy, continua el estado de alarma. La población recluída en sus domicilios para detener la invasión del virus "asesino". País paralizado por decreto. La policía o el ejército pude pararte en la calle y multarte si no hay una razón justificada para que estés paseando, razones justificadas bastante "pintorescas", por ejemplo, pasear a tu mascota (perros sobre todo) para que haga sus necesidades, ir a comprar alimentos, o medicamentos, ir al médico aunque se recomienda no ir salvo caso extremo para no colapsar el sistema, ir al trabajo en el caso de que tu puesto de trabajo siga en funcionamiento, ir a llenar el depósito de gasolina de tu coche aunque también te pararán si te ven en coche y no lo utilizas para esos supuestos autorizados, etc...para que seguir si la arbitrariedad de las medidas de control hace imposible enumerar los casos particulares, excepcionales o de favor.
Podría pensarse que estoy en contra de esa medida.
No lo estoy, ni en contra ni, por supuesto, a favor.
Solo cuento lo que veo y lo que veo me parece autoritario y desproporcionado, en todo caso pretende ponerse remedio a algo que arrastramos desde hace mas de un siglo en este país del sur de Europa, la desinformación deliberada, la falta de educación popular en aspectos tan básicos como la salud, por no hablar de la democracia o el civismo.
Y pienso que esas medidas son el reflejo de la impotencia de nuestros gobernantes que dan por hecho, que nuestra ignorancia social obliga a tomarlas, cierto, si no es por las buenas será por las malas.
Y añado, que se aprovecha la circunstancia para aumentar el control de la población, un gigantesco experimento de "a grandes males, grandes remedios".
Hay algo interesante, de todos modos, algo aprentemente paradójico, las consecuencias previsibles de este gigantesco experimento preventivo y, posiblemente, totalitario, no son todas negativas. El capitalismo cercenado en su raíz por un virus, el parón productivo nos lleva, aunque sea provisionalmente, a la única solución a la degradación medioambiental imperante hasta ahora, el "crecimiento 0", el decrecimiento como solución, como única solución posible justo aquí y ahora.
Si fueramos capaces de extraer lecciones (jajaja, las lecciones aprendidas en los talleres de la OMS y otras "academias neoliberales"), la solución está ahí: economía colaborativa y no competitiva, premiar las ideas limpias, aquellas que nos sirven para sobrevivir no como simples individuos sino teniendo en cuenta que el bien común es, precisamente, nuestro bien individual.
Los jóvenes tampoco sufrirán demasiado mientras tengan sus pantallas, la brutalidad de nuestra sociedad capitalista tecnológica ya los ha estado preparando para esta situación, de hecho, muchos de ellos vivían en toque de queda voluntario y casi permanente, hipnotizados frente al mundo virtual de las pantallas. Lo siento por ellos, quizás, si me pongo distópico, me entristece que no puedan volver a la realidad, que su mundo sea crecer en lo virtual, prepararse para volar al espacio confinados en la cabina de una nave interplanetaria, congelados durante eones, en un viaje a la nada galáctica, condenados al sexo virtual, al viaje virtual, a la comida virtual, a la guerra virtual.
Pero ya se sabe, los viejos tenemos la tendencia a considerar que todo tiempo pasado fue mejor y que lo peor no ha llegado todavía, claro que lo peor para nosotros, para los que todavía tenemos una sed infinita de vivir, ver, tocar, degustar y respirar la realidad, lo peor de verdad, es nuestra propia muerte y por eso extrapolamos nuestra decadencia y nos regodeamos en finales apocalípticos.
Por eso, me hago la pregunta, ¿no será mejor que el virus acabe de una vez con nuestra generación pesimista y agorera?.
Por cierto, hay países que han adoptado otra estrategia, Inglaterra ha decidido que toda su población se infecte en un año, que no hay otro remedio y que mejor no tomar medidas de contención....y Suecia ha decidido lo mismo aunque no se sabemos porqué y las noticias no nos cuentan nada de estas excepciones, probar a buscarlo en Google.
Solo recordar que Suecia, era y todavía lo es, uno de los países más cívicos y democráticos del planeta, ¿Se habrán vuelto locos?
Y lo de polis-virus es porque hay muchos mas virus sin tratamiento, no solo este de la plaga, además, lo de polis es por POLITIKA, hay varias no solo la que nos cuentan. Salud y larga vida en el confinamiento real y en el virtual, en las ciudades o "polis" y en los pueblos donde el control es imposible, ahora, ancianos, envidiar la España vacía.
IV
Por supuesto, continuará..........................................



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