¿De que color son los sueños?
En los míos y aunque ocasionalmente exista algún azul o gris, predomina el sepia, el amarillo arena y el rojo laterita.
Camino con paso rápido por las calles recalentadas del sol de mediodía, un día infernal de julio, intentando el amparo de sombras escasas.
Cuando camino, sudo, a veces llevo una gorra empapada en mi sudor, para evitar los rayos del astro rey en mi calva, otras, y cuando descubro la sombra intermitente de algún árbol o de una tapia orientada al norte, me retiro la gorra y la llevo en la mano, pero antes me paso la palma por el cráneo para sacudir el sudor y noto una especie de brisa fresca. Pasos largos y elásticos, silenciosos, aunque no haya seres humanos cercanos a quien molestar. Devoro calles y avenidas, senderos polvorientos o casi cerrados por los cardos secos a la orilla de los ríos, atravieso descampados industriales llenos de cascotes, maquinarias inservibles, cables rotos. Miro en todas las direcciones, pero especialmente hacia delante, hasta que poco a poco abandono la ciudad y me adentro en pinares asfixiantes.
Me gusta ese calor que aplana y borra las emociones extremas, que evapora las elaboraciones mentales excesivamente complacientes. Un calor que ocupa el resto de las sensaciones y de las que solo emerge la sed y el cansancio cuando has recorrido veinte kilómetros sin pausas.
¿Qué pienso durante esos largos paseos por esa ciudad mesetaria donde nací?, supongo que lo mismo que he pensado siempre desde que era adolescente e incluso antes, cuando ya solía emprender largas caminatas por carreteras asfaltadas, senderos blancos de cal y espículas de cristales de yeso brillantes, trochas en el monte a través de zarzales y cardos secos que arañaban las piernas, avanzando en una especie de ensoñación que no era sino una prolongación de los sueños nocturnos, a veces un epílogo, otras una reconstrucción e incluso pura invención con los elementos dispersos que se evaporaban en la memoria lentamente o de golpe como una gota de agua sobre una lámina de metal incandescente.
Hoy, ayer, desde hace unos días con motivo de mi llegada a esta ciudad para intentar resolver cuestiones siempre complicadas de herencias familiares que no por raquíticas dejan de tener largos periodos de espera en distintas oficinas y durante periodos de tiempo impredecibles, pero siempre largos en exceso; he vuelto a esas actividades, a los largos paseos solitarios y al dialogo interior, a los sueños y a la nostalgia.
Aquí el olor es distinto, el del asfalto caliente, el de la paja mojada cuando topas con algún aspersor dejando caer su lluvia sobre las hojas de maíz sediento, las hojas verdes de algún cultivo que pronto estará listo y se volverá amarillo y exánime. Esos olores o el de las madreselvas raquíticas en la orilla de los ríos, los jazmines en alguna tapia abandonada o el seto de algunas urbanizaciones, siempre vacías y desoladas a las horas de mis paseos.
Castilla es amarilla y despiadada en verano excepto en el sotobosque de los ríos, donde cambias de olor y de color, ahí el verano se hace recuerdo y pura vida animal llena de anhelos vagos, de puras e instintivas pasiones, a veces urgentes.
En estos tiempos de pandemia, la ciudad ha cambiado, casi todos sus habitantes llevan la mascarilla que cubre sus rostros desde el mentón hasta el caballete de la nariz, dejando solo sus ojos al descubierto. Mascarilla que parece haberse convertido en “mordaza”.
En las afueras respiras aliviado cuando dejas atrás a la gente, estás cansado de que usualmente te miren con censura por no llevar puesto ese nuevo aditamento supuestamente defensivo, a veces incluso, has soportado algún murmullo reprobatorio, muy pronto temes que pasen a otras señales reprobatorias mas violentas.
Por supuesto te colocas ese bozal cuando entras en algún establecimiento, siempre por imperativo legal.
Los paseos te salvan hoy como te salvaban en los peores momentos en los que se suponía que debía estar preso en tu domicilio, solo has cambiado la superficie, de bajadas y subidas en tus montañas y valles del norte, por la infinita y casi plana de la meseta.
La confianza en la inteligencia de tus gobernantes ha descendido progresivamente a la par de la que tenías por tus congéneres en general. Eso piensas mientras paseas, pero sobre todo das vueltas a la posibilidad de retirarte de verdad de este país, de llevarte incluso a tu familia, lejos, muy lejos, en busca de algún rincón del planeta donde la pobreza no sea o lleve añadida, mas opresión e ignorancia. Lo sabes, sabes que, aún existiendo esos lugares serán solo transitorios y que tu familia debe seguir construyendo su vida en Europa, que tus hijos no aceptarán ese cambio, ni siquiera tu mujer a pesar de su nostalgia por volver a África.
Terminas por no pensar mas en tu familia, tu cerebro da vueltas incansables a la posibilidad de marcharte solo y mientras tanto continúas caminando para eliminar el desasosiego que te provoca el laberinto, la incertidumbre.
Sientes la elasticidad de la pisada, el dolor de la planta, la tensión en los tobillos, los músculos trabajan a pesar del cansancio, elevándose mientras el cerebro les ordena una vez mas contraerse y estirarse como si flotaras sobre una nube, empujado hacia lo alto, hacia el cielo como un muelle, sin sentir apenas la fuerza de la gravedad, casi volando al igual que en los sueños, en ese cielo azul e incandescente salpicado de pequeñas nubes como borregos de algodón blanco y ahora, sin las estelas de los aviones que apenas transitan en este continente. Saltarías en el mapa que dibujas mentalmente, un gran salto siguiendo la línea que aparece en el ordenador desde aquí, justo en este momento, hasta orillas del océano Indico, hasta el Este africano, esa línea que atraviesa lagos, desiertos y selvas, poblaciones, aldeas, oasis, ciudades pequeñas y enormes. Escuchas el sonido del viento, la lluvia torrencial, el bullicio de los mercados y desgraciadamente, alguna explosión o el tableteo de una ametralladora en aquellos puntos ciegos por conflictos diseñados e iniciados por tus congéneres de aquí, con la piel demasiado pálida, la ambición demasiado enfermiza, las ideas excesivamente cortas y un fardo de miedo y violencia que les confunde.
¿Será tarde?
La luz es cegadora. No tienes mucho tiempo. Hoy escuchaste que en la comunidad donde vives habitualmente, su consejera de sanidad ha decidido que la “mordaza” sea obligatoria para todo el mundo que transite por cualquier lugar público. Van desapareciendo progresivamente los escasos derechos civiles que parecían garantizados en la supuesta civilización occidental. Desaparecen sin demasiada resistencia y lo hacen incluso a manos de aquellos que dicen defenderlos.
Ni siquiera mis amistades, la gente que todavía quiero y con la que puedo hablar, parecen demasiado preocupados por estos síntomas graves de transformación social, lo consideran inevitable, supongo, para detener el avance de esa pandemia. No son ignorantes, pero no pueden entenderlo o no quieren y a mí se me han acabado los argumentos y las explicaciones.
¿Porqué no pueden entender que la muerte es inevitable si estás vivo? Que siempre hay epidemias y enfermedades porque estás vivo precisamente, que no puedes cortar la cabeza de alguien para evitar que le duela. Que no puede promulgarse una ley de “distanciamiento social” para hacer a las masas aún mas vulnerables o desamparadas e impermeables al contacto necesario de piel y cuerpo.
Para evitar la muerte no pueden prohibir la vida.
Y el “distanciamiento social” no evitará que mueras, simplemente contribuirá a que mueras solo.
Al final del último monte, mientras paso por un puente que salva las vías del tren, cuando aparecen los edificios reverberando como un espejismo en medio del calor, debilitado por la sed que comienza a ser insoportable, intento acordarme del último sueño sin conseguirlo, del último propósito que no he cumplido.
Lanzo un pensamiento al vuelo, junto a esa libélula que intenta atrapar una mosca y es devorada por una golondrina que se ha cruzado con ella en su parábola, un pensamiento liviano, es la imagen de los niños sentados en cuclillas frente a la pantalla de un ordenador, manejando unos mandos invisibles de manera frenética, impregnados de emociones que no conozco... al menos no veo que lleven ninguna "mordaza" y quizás eso sea un motivo de esperanza. ¿o no?
El calor del verano en la meseta, tan parecido al calor africano me impide las emociones extremas y siempre es difícil juzgar el sentimiento de las generaciones que te sustituirán en un mundo siempre diferente.

Comentarios