Tengo los pies fríos, escucho a Ocasia Cortés en un video que ha colgado en YouTube, escucho su inglés que tiene una cualidad líquida y suena por momentos tan musical como un látigo silbando en el aire, sus larguísimas eses, sus perfectas eles, elegantes y que recuerdan el idioma de sus padres, hispanos en la grandísima América del Norte, la Norteamérica del Imperio.
Es un monólogo casi improvisado y dirigido a las redes sociales, a los ciudadanos del Imperio y al resto del planeta, un monólogo largo, a veces tedioso en el contenido por la repetición obsesiva y dolorosa de sus quejas tras la bufonada fascista del asalto al capitolio, o como otros le denominan pomposamente: el corazón de América; masas arengadas por el presidente saliente que se niega a dejar el cargo tras su derrota en las urnas. Creo que Ocasia es sincera o lo parece, una política muy joven. Aún faltan un par de días para que el nuevo presidente imperial jure su cargo. No puedo dejar de pensar, mientras un escalofrío me recorre la espalda, debe estar la calefacción baja, que, a pesar de la pasión de esta joven demócrata, los problemas del Imperio solo me afectan tangencialmente, como una brisa maloliente y ofensiva. Supongo que deberían importarme más, pero es demasiado obvio que ese gran Estado de estados, vive demasiado ensimismado en sus juegos políticos y lo único que le importa o debería decir, lo único que importa a sus habitantes son ellos mismos, acostumbrados a sentirse los reyes del planeta y considerar al resto como un campo de extracción de materias primas o de bienes explotables y al resto de la humanidad como sirvientes, por eso toleran muy mal acontecimientos que son habituales en el resto del mundo y que ellos provocan deliberadamente para debilitar los sistemas sociales que no se ajustan a sus intereses imperialistas.
Es de noche, quedan unos minutos para la cena y entre las mil posibilidades que me ofrece la red y la pantalla del ordenador, he escogido escuchar a esa joven americana y deleitarme con su acento y su aparente sinceridad antes que, en el contenido, ya manido y perfectamente conocido, de su discurso. Pero es suficiente y noto el aire frío que se cuela por los intersticios de la ventana, la noche negra del exterior en este lado del planeta, aunque parece que lo peor de las nevadas y heladas ya ha pasado y según las previsiones meteorológicas en estos tiempos de pandemia, lo que se avecina ahora es viento y lluvia, también catastróficos, porque lo que antes era normal: frío en invierno, calor en verano, lluvia, nieve, viento, hielo…se ha transformado en fenómenos extremos y hostiles. La humanidad contempla las pantallas desde sus ordenadores y televisores, escucha sobrecogida o alborozada según los casos, los consejos de no salir a la calle porque el virus sigue causando muertes, o sea, los ancianos siguen muriendo, porque hace demasiado frío, demasiado calor, demasiado viento…pueden resbalar y romperse la crisma en el hielo, pueden contagiar el virus a otras personas o contagiarse ellos mismos, les puede caer encima uno de esos miles de árboles azotados por el vendaval o el peso de la nieve, árboles podridos por la atmósfera cada vez mas venenosa que hemos construido entre todos, de la que somos culpables, o al menos lo son nuestros combustibles, nuestra industria y nuestros deshechos. _ no salgan a la calle, permanezcan en sus domicilios_ es el mantra de nuestras noticias. El mundo puede salvarse si permanecemos en casa pegados a nuestras pantallas, solo salir a trabajar o a proveerse de alimentos indispensables.
Es la nueva forma que nuestros dirigentes han fabricado para salvar el planeta, reducir la movilidad de esas masas ignorantes y bárbaras (nosotros) confinar o encarcelar que viene a ser lo mismo, impedir que se extiendan a su antojo y rebasen los límites y las fronteras invisibles (administrativas) o tangibles cuando se les ha ocurrido construir un muro, una valla espinosa con filos cortantes, una barrera o unos policías armados.
Pero después de esta noche llega el día, llegan los cambios naturales de las estaciones y con ellos, los incendios, las inundaciones, las sequías, los aludes, la histeria, la histeria, la histeria… hasta el infinito. Refrescando nuestra memoria, explicando una perogrullada: que vamos a morir. _ No puedo creerlo, ¿de verdad que vamos a morir?, pero si pensaba que yo era eterno _
Por si alguno lo olvida, es como aquellas sesiones en la escuela infantil, cuando el sádico profesor de religión se regodeaba explicando que todos moriremos y algunos en las llamaradas del infierno, ardiendo hasta la eternidad.
Ahora no hace falta que hablen de un infierno, ni de un cielo porque el infierno es nuestra realidad de cada día, esa realidad fabricada por las advertencias de todos aquellos que viven de nuestra sangre y de nuestros sueños.
Estados Unidos es demasiado ingenuo e insaciable, Europa demasiado vieja… El resto del planeta demasiado joven, demasiado poblado, demasiado ávido y hambriento, demasiado impaciente porque reclama todo aquello que les hemos estado robando, sus recursos, su cultura, sus sueños. Están tan cansados de esperar que se van de sus países para habitar nuestro infierno.
Hay diferentes explicaciones, tantas como teorías propuestas para corregir un rumbo que posiblemente ya esté trazado sin vuelta atrás.
La noche es fría pero no tanto
El alma no existe, pero duele
Y lo pensado como advertencia se ha transformado en la queja de siempre.
Ya no tengo los pies fríos, ya es de día y ha salido el sol al dejar de llover, la brisa es húmeda y templada. Un día mas y desde la ventana observo el perfil del monte cubierto de pinos y encinas, que raro estoy vivo y no me duele casi nada excepto ligeras molestias en las articulaciones, ya se sabe, los ancianos y sus achaques. Escucho música africana melodiosa y tranquila, interrumpida a veces por el martillo neumático de unos obreros que perforan alguna calle cercana, el ruido del tren al pasar o los coches en la autovía lejana. Algunas voces humanas.
El mundo sigue entero, las nubes se hacen mas pequeñas y veloces, navegando en la superficie azul e invertida del cielo, como islas mágicas de algodón.
Aprieto mi columna vertebral contra el respaldo de la silla. Intento dejar volar la imaginación en pos de esas notas que llegan desde el xilófono africano, volar siguiendo el curso de las aves migratorias hasta los lagos salados y los volcanes, mas allá del desierto y la sabana, mas allá de las junglas, hasta posarme muy suave a orillas de aquel mar templado, a la sombra del baobab, para mirar el horizonte infinito del este, los peces voladores, la cola y el dorso de una ballena casi invisible, sentir ese calor que relaja los músculos y los esponja, oler la fruta que se pudre en el suelo, un aroma dulce que se une al humo del carbón vegetal de algún horno improvisado, el pescado y la mandioca fritos, las flores febriles del arbusto de datura.
Una ensoñación breve de la que no me despertará el bullicio de los niños que corren por la playa africana sino la realidad ruidosa de esta llamada “civilización occidental”, paradójicamente, la que parecen anhelar esos mismos niños cuando crecen alimentados por nuestros cuentos y espejismos y la carencia de sus propios alimentos.
Ya no tengo los pies fríos, aunque se han quedado sin alas.
Mercurio torpe sin mensajes y abatido, no por la flecha de algún cazador airado sino por el trayecto errático de algún misil estúpido.
Esta mañana, es notorio, no he leído las noticias, ya no hace falta porque las conocemos mucho antes de producirse.
Pero, al menos, tengo los pies calientes y sonrío.


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